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EL VALLE DE LA RESILIENCIA

Creado: 26/09/2017 - 14:09 por Vianey Lamas Flores

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Había una vez, un valle muy especial, rodeado de grandes árboles. Una paz profunda se sentía al llegar, pero quienes se aproximaban, no podían sentirla porque venían con el corazón roto, la esperanza caída y la confianza destrozada.

Llegaban arrastrando los pies, cabizbajos y con los hombros gachos. Muchos sentían miedo o un profundo dolor en el cuerpo o en el alma. A la mayoría no les gustaba sentirse así, pero en verdad no sabían qué hacer, por eso eran enviados al Valle de la Resiliencia.

Un Ángel que emanaba una luz verde, los recibía con amor y les tomaba su nombre. Después eran conducidos por un camino flanqueado con arbustos y flores silvestres. Mientras pasaban por ahí, las personas podían recordar su “Camino Andado”. El recorrido les daba la oportunidad de reflexionar sobre lo que había sido su vida hasta ese momento. Si bien, habrían muchas cosas de las que no se sintieran orgullosos, era tiempo de RECONOCER sus esfuerzos, luchas, fracasos, caídas, errores y aciertos.

Era tiempo de SENTIR su dolor sin juzgarlo y sin querer huir de él. Era momento de quedarse con lo que fuera que apareciera: Tristeza, miedo, angustia, soledad, abandono, vulnerabilidad, enojo, cualquier emoción tenía derecho a manifestarse. Terminando el sendero, había un gran reloj detenido que los invitaba a olvidarse del tiempo. Lo importante era el “AQUÍ Y EL AHORA”.

“Un día a la vez”.

Se leía en un letrero flotante.

Un cristalino lago se avistaba a lo lejos. Era el “Lago de la Restauración”, quien se sumergiera en él podría unir sus partes rotas. El agua tenía el poder de lavar las heridas y permitir que sanaran. Cerca de ahí, una mujer de manto azul cubierto de estrellas, los recibía con una mirada amorosa. No importaba lo que les hubiese sucedido, la mujer era capaz de guardar un profundo respeto por su dolor y su historia. Solamente se quedaba ahí acompañándolos con su Silencio.

Una mujer que había sufrido una gran pérdida se acercó a la mujer del manto. Ella se lo quitó y la envolvió. Éste era especial ya que tenía el poder de abrazar no sólo el cuerpo sino el alma de las personas. La tela comenzó a brillar y la mujer se sintió amada como nunca antes. Sintiendo un nudo en la garganta que no pudo contener, comenzó a llorar, al tiempo que sus piernas de debilitaban. Se hincó en la tierra, sus lágrimas caían y sin saberlo fertilizaban el suelo para los que vendrían después igualmente atribulados.

¿Qué es la VIDA sino un reciclaje de momentos y experiencias?

Del otro lado del valle, había una gran cueva donde las personas entraban a buscar su cofre personal. Había cofres de todos tamaños, materiales y colores.

-¿Qué hacen?- Preguntó un recién llegado.

-Buscan el sentido de lo ocurrido. Todo tiene un sentido profundo, detrás de lo aparente, siempre se esconde un aprendizaje.- Contestó un hombre mayor vestido con una túnica de manta.

Más adelante había un espacio para arar. Era tierra fértil donde cada quien sembraría las semillas que quisiera. Todas las semillas estaban disponibles en un cuenco de madera que estaba al centro de un altar de piedra. Había semillas de Perdón, Compasión, Amor y de Aceptación entre otras.

  • Sin duda cosecharán lo que siembren.- Les explicaba el jardinero que cuidaba de la tierra.

Antes de salir del valle, era esencial pasar al Taller de las Llaves, donde cada quien debiera tomar la llave de la Responsabilidad por su vida. Cada llave era tan especial y única que nadie podía tomar una llave ajena. También estaba la posibilidad de no querer tomarla, pero tarde o temprano, habrían de volver por ella.

El tiempo que cada uno pasaría en el valle, sería el que su alma necesitara. Cada quien tenía su ritmo y su proceso. Algunos llegaban mientras otros se iban, en el movimiento natural de la VIDA.

El Valle de Resiliencia, un remanso de paz. Un lugar custodiado por ángeles.

Si te encuentras ahí: “BIENVENIDO SEAS”.

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